Amós y la oveja


Cuando la encontraron era un puñado de lana que no se veía del suelo. Amós y sus hermanos la cogieron en brazos con amor y la llevaron a la casa: atravesando el frío maizal que distaba del hogar.

No balaba, supieron que vivía porque un leve temblor sacudía todo su cuerpo. La abrigaron, la llenaron de afecto y le dieron agua y comida. Con el correr de los días el cordero fue creciendo hasta convertirse en una preciosa oveja que no dejaba viva una sola planta del jardín. Según el padre de los niños, había llegado el momento de devolverla a la majada. Ellos aceptaron; no obstante, no estaban de acuerdo.

—No quiero comer esa carne —dijo Amós con los ojos llenos de lágrimas. Estaba seguro de que su padre no sería capaz de decirle la verdad, nunca lo hacía. Y lo mismo podía tratarse de cualquier oveja como de la propia refugiada. Ante la duda, optó por abstenerse de ese alimento.

Pasó el tiempo. Treinta años más tarde Amós llevaba una vida adulta. Había vuelto a comer todo tipo de carnes y había olvidado casi toda su infancia. No así, su desprecio por su padre.

Una tarde estaba observando a su pequeño hijo lidiado en la tarea de comer una manzana cuando este le dijo:

—Papi, ¿me quitas ese gusano de mi manzana? no quiero hacerle daño.

Amós fue sobrecogido por un temblor lejano: un bagaje de imágenes le ametrallaron el cerebro llegando a tocar su fibra más delicada. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se quedó mudo de espanto ante una realidad que le atornillaba el alma: “Me he convertido en mi padre“, se dijo. Esta evidencia lo obligó a plantarle cara a sus propios miedos y prejuicios y a girar rotundamente. A diferencia de lo que habría hecho en otra situación, cortó con delicadeza el trozo del fruto agujereado y llevó al mínimo bichejo a refugiarse en una maceta del jardín.

Mientras lo hacía rozó con su piel esa bola de lana necesitada de afecto que le diera la primera lección de compasión. Y, una vez más, aquella ínfima pero especial oveja le indicó el camino a seguir.

A partir de entonces, Amós no solo abandonó el consumo de carne sino que todos sus gustos se limitaron a aquello que no tuviera ni mínima conexión con el mundo animal. “No son comida“, se dijo con ira, intentando perdonarse.

Siempre las razones están mucho más cerca de nuestro corazón de lo que creemos. Esa tarde, Amós decidió que se uniría al movimiento animalista, por el pequeño cordero, por su hijo, por ese gusanito, y por evitar más muertes violentas. Pero sobre todo, porque estaba convencido de no quería ser como su padre.

Escrito por Tes Nehuén en Fábulas infantiles.

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