Árboles nómadas


Hubo un tiempo en que los árboles eran nómadas. Viajaban sin censura por todo el globo en grupos de diez o más. Había familias de una única especie y otras en las que varias se encontraban. Todos los veranos podía verse el cielo invadido de tonos verdes: los inmensos trepadores volaban hacia de un punto a otro del globo.

Algunos árboles, como las acacias, preferían el verano y por eso, al igual que hacen las golondrinas, iban persiguiendo el calor; otros, como los pinos, adoraban la nieve y los inviernos y se movían persiguiéndolos. Gracias a eso, todo el año había bellos árboles adornando las praderas y montañas.

Vivía en aquel entonces un rey muy poderoso que se jactaba de ser el gran conquistador del mundo; vivía en una zona que en verano se llenaba de vegetación. El amargado monarca estaba convencido de que los árboles entorpecían la vida de los ciudadanos; por eso, un invierno tomó una decisión que cambiaría para siempre la vida de los árboles.

Cuando llegó el verano y los árboles regresaron, el valle había desaparecido. En su lugar se extendía una inmensa mole de cemento que impedía que la tierra respirara. La comunidad nómada no tuvo más remedio que emprender un viaje en busca de suelo fértil donde crecer ese verano; pero no fue una tarea fácil y muchos de ellos perecieron en el camino.

Cuando llegó el siguiente momento de migrar, los jefes de la comunidad arbórea se reunieron para deliberar qué harían. Después de largas noches sin dormir tomaron la decisión de quedarse allí: era preferible soportar el frío invierno y perder cada una de las hojas sabiendo que con el regreso del calor rebrotaría en ellos la vida que marcharse en busca de una prosperidad que parecía difusa.

Desde entonces los árboles viven aferrados al suelo; aunque, de vez en cuando nace algún valiente que se atreve a surcar los cielos, junto a las golondrinas para conocer otros horizontes.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos tradicionales.

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