Aria: princesa de los 7 mares.


Abrí los ojos con la luz del sol que se colaba por la ventana, una latente emoción invadió mi cuerpo y salí de la cama lo más rápido que pude; el fin de semana había llegado, lo que para mi solo significaba una cosa: Podía pasar todo el día en la playa.
– Aria, debes almorzar algo antes de irte – dijo mi madre obligándome a comer una tortilla de patatas y un poco de pan. Me di cuenta de que mientras comía me observaba con una mezcla de tristeza y unos ojos que parecían a punto de derramar lagrimas.
– ¿Madre, te ocurre algo? – pregunté preocupada
– No, es solo que… has crecido muy rápido – dijo sin poder controlar un sollozo – Feliz cumpleaños Aria. – dijo mi madre. Oh Claro, era mi cumpleaños numero 15, lo había olvidado por completo.
– Gracias mamá – dije dándole un abrazo que duró más tiempo de lo acostumbrado. – Regreso más tarde para comer un trozo de tarta – me despedí, cuando cerré la puerta pude observar a mi madre dejando las lagrimas correr libremente por sus mejillas, tomé una nota mental de más tarde averiguar lo que le ocurría.
Por fin llegue a mi lugar favorito, me descalcé los pies cuando corría hacia la playa y sin pensarlo me metí al agua, estaba un poco fría pero no me importaba, di unas cuantas brazadas sintiendo el usual golpeteo del oleaje en mi cuerpo, solo que esta vez era diferente, era como una fuerza que iba más allá del oleaje, un sonido seco retumbaba en mis oídos, me paralicé de miedo al ver a un hombre nadando hacia mi. Era mayor, con barba larga y blanca, en la mano portaba un tridente con aspecto letal.
– Bienvenida a casa, hija – Me dijo
– ¿Casa? ¿Hija? ¿De que habla? – logré articular. No podía estar más confundida y aterrada. – Mi padre murió en un accidente de barco…
– Exactamente 3 semanas después de que nacieras.- me interrumpió. – Aria, tú no eres humana, con tu madre hicimos un trato: ella te cuidaría hasta el día de tu decimoquinto cumpleaños, luego de eso tomarías tu lugar como Aria: princesa de los siete mares. – Cuando terminó de decir esto, sentí un cosquilleo en mis piernas, la sensación de tenerlas pegadas era tan fuerte que mire hacia abajo y la vi, mis piernas no estaban, en su lugar había una preciosa cola de sirena.

Escrito por Vuelapluma en Cuentos de La Sirenita, Los mejores cuentos.

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