Bella, la princesa durmiente


—¿Quién te has creído que eres?

Cuando Bella despertó, un apuesto joven intentaba besarla.

—Eres un depravado. ¿Por qué no vas a besar a otra?

—Porque tú eres mi destino.

—¿Qué dices?

Comenzó a andar hacia el pueblo, dejando atrás el monte que, al ponerse el sol, se volvía cada vez más impenetrable.

—Espera, tenemos que hablar. No vas a encontrar en palacio lo que esperas.

—¿Y qué piensas que busco?

—Tu familia, toda tu gente… está muerta o dormida, o no sé… He estado allí, es como si hubiera pasado muchísimo tiempo desde la última vez que alguien habló o siquiera respiró entre esos muros.

—¿De qué me hablas?

—A ver… ¿Por qué estabas perdida en el bosque?

—No estaba perdida, suelo ir a echarme la siesta.

Bella caminaba a paso presuroso, como si intentara escapar de una nube que amenazaba con empaparla. El joven corría detrás de ella; era un poco más corto y para cada paso que daba ella, él debía realizar dos. Llegaron a la puerta de palacio. Todo estaba en silencio.

—Me necesitas para convertir esto en vida nuevamente. Soy el príncipe de tu destino.

—Me parece que has leído demasiados cuentos infantiles. Los príncipes esos no existen. Ahora, hazte a un lado que debo entrar a palacio.

Al intentar mover la enorme puerta de entrada al castillo, no se movió. Bella la empujó con todas sus fuerzas. La puerta crujió con violencia, como si los años le pesaran, y cedió tan solo unos centímetros; hueco por el que Bella se escabulló hacia el interior.

Comenzó a subir las escaleras: el silencio era frío y no supo qué hacer con él. Corrió hacia la cocina; tumbadas en el suelo yacían las cocineras. En la sala de estar, sus padres habían quedado inmóviles mientras platicaban, y su alcoba estaba cubierta de polvo y exactamente igual a como la dejara.

—¡Te lo dije!

—¿Qué ha pasado? ¿Has tenido algo que ver tú con esto?

—No, yo lo único que puedo hacer es ayudarte a que las cosas vuelvan a estar como estaban; pero para eso debes casarte conmigo.

Ella soltó una violenta carcajada mientras lo empujaba fuera de la habitación.

—¡Mira qué locuras dices! ¿Cómo vas a hacer eso?

—¿No te parece más extraño que por el acto de una brujería el palacio entero se haya dormido?

Ella no respondió pero cerró la puerta, cuando consiguió que él estuviera fuera.

Durante días estuvo intentando encontrar la solución al hechizo; había tomado algunas clases con una bruja que le enseñó a hacer posiciones, pero ninguna de ellas le ayudó a cambiar nada de aquella situación. Finalmente, llamó al joven y le preguntó:

—¿Es cierto que puedes ayudarme a revertirlo?

—Sí.

Una vez que ella aceptó todo volvió a la normalidad y la vida en palacio volvió a ser lo que era.

—¿Acabas de besarme?

—Sí, es necesario para que se rompa el hechizo.

—¡Déjate de tonterías!

Bella se levantó del colchón de hojas que le servía de cama y comenzó a caminar rumbo al palacio. El joven que la había besado intentó seguirla; pero ella comenzó a correr, hasta que el bosque lo hubo abrazado con su silencio mortecino. Ya podía ver las luces de palacio. Eran los ocho de la tarde y ¡tenía mucho hambre!

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de La Bella Durmiente.

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