El deseo cumplido


Fabio era un niño que vivía sin preocupaciones. Se pasaba las tardes jugando y riendo y tenía la suerte de tener dos padres que le llenaban de regalos. Desde pequeño, había tenido la habitación llena de juguetes coloridos y caros y casi sin tener que pedirlos. Sus padres se desvivían por él y cada vez que llegaba algo nuevo a la enorme juguetería de la esquina, eran ellos los primeros en adquirirlo, para regalárselo a su pequeño.

Un día Fabio se mostró completamente triste. Por mucho que sus padres intentaron calmar esa agonía con juguetes, chucherías y caricias, no lo consiguieron; y tampoco pudieron conocer las razones que habían hecho que la alegría siempre presente de su hijo hubiera trasmutado en ese hastío.

A la mañana siguiente, Fabio amaneció muy enfermo y debió quedarse en casa todo el día. A la noche, su madre se sentó junto a su cama y le pidió sollozando que le dijera qué le había ocurrido.

El chico le contó que se había encontrado con una anciana que le había ofrecido una semillita que cumplía los deseos a cambio de todos sus juguetes. Le había dicho que en realidad esa mínima gotita de vida valía mucho más que todas sus posesiones. Fabio se le había reído en la cara diciéndole que era niño pero no tonto y se había marchado; pero desde que había ocurrido eso nada le satisfacía: sentía que su vida no valía nada y que todos esos juguetes que antes llenaban su alma, ya no le servían para nada.

Su madre intentó calmarlo y le dijo que no podía ponerse así por una extraña que ni siquiera conocía. “Seguro que intentaba tomarte el pelo“, le dijo. Pero Fabio le contestó que si no la encontraba, nunca más podría reír como antes y esa fiebre no se iría.

Entonces, su madre se puso a buscar a la mujer. Cuando dio con ella se le acercó y le dejó bien claro que, aunque no creía en ella, su hijo quería verla. La anciana accedió a acompañarla y estuvo un rato a solas con Fabio.

Cuando Fabio abrió los ojos se sintió mucho mejor. La fiebre se había ido milagrosamente y se sintió renovado y feliz. Miró hacia todos lados y se vio solo en su habitación: sus juguetes seguían en su lugar, y ni rastros había de la anciana. Llamó a su madre y le dijo que a partir de ese día, cada vez que quisiera regalarle un juguete, lo enviara a uno de los niños de una lista que le entregó. Su madre guardó el papel y abrazó con alegría a su niño.

Sobre la mesa de luz una semilla diminuta comenzaba a abrirse al recibir los primeros tiernos abrazos del sol.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos con moraleja.

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