El destino de Saura


Era diciembre. Un mes que lo único de nuevo y llamativo que traía para cualquier persona era el final de un año y las ruidosas fiestas navideñas. Un nuevo diciembre que recordaba que la rueda seguía girando y que todos se hacían más ancianos. Un nuevo y último diciembre para Saura, porque sería el que cambiaría su vida para siempre. La que hasta entonces había sido una niña risueña, juguetona y cantarina, a partir de ese mes comenzó a apagarse y a volverse un ser taciturno.

Ese diciembre Saura fue prometida a un hombre que no amaba, y comenzaron los preparativos para la boda que se realizaría al cabo de un año. Su padre y el resto de la familia se hallaban colmados de satisfacción: la niña se hacía grande y, finalmente, podría hacer realidad el sueño de todos.

Había un problema. Saura no quería casarse. No estaba en contra de las costumbres ni los designios, ni siquiera creía que fuera muy original por desear lo contrario a lo que se esperaba de ella; simplemente, tenía otros planes para su vida: le gustaba pintar y era eso lo único que le importaba. Quería abocarse con toda su energía al estudio de los colores y las formas e introducirse solitaria en ese mundo alucinante.

Lo habló con su padre, quien se opuso rotundamente. Por mucho que intentó buscar aliados en su entorno para frenar ese futuro indeseable que amenazaba con arrollarla, no lo consiguió. Así que, viendo que no tenía más remedio, preparó su mochila y abandonó el hogar para siempre.

No contaba Saura con el inmenso peso que su padre tenía sobre todos los pueblos aledaños, y fue esa la única razón por la cual, a los dos días, estaba nuevamente en su casa: esta vez encerrada en su dormitorio “hasta que recapacitara”. Pero no lo hizo, continuó diciendo que no iba a dejar de desear ser quien creía que tenía que ser.

Cuando su futuro esposo vino a verla, Saura no le habló, incluso le escupió en la cara. Y, cuando su padre, confundido por la rabia entró en su habitación para pedirle explicaciones, su respuesta fue un silencio arrasador. Ni siquiera respondió ante la violenta bofetada que hizo estremecer todo su cuerpo de palmo a palmo.

Invadida de una tristeza infinita, Saura perdió el gusto por la música y también el apetito (o decidió guardar ayuno como forma de protesta). Lo cierto es que dejó de comer, llegando a instancias realmente perjudiciales con su organismo.

A los dos meses de su regreso, se marchaba de nuevo; esta vez, para siempre. Enterraron su cuerpo en el jardín, junto al enorme árbol en el que a ella le había gustado sentarse a jugar. Y un coro de pajaritos y arañitas vinieron a despedirla.

Cuando al cabo de dos días su padre entró en su dormitorio para ordenarlo, encontró folios y folios pintarrajeados de colores y firmamentos y lloró desconsoladamente. ¡Saura había vencido! Junto a la mesa de noche había un cartelito con una frase que decía: “Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que nos hace libres o esclavos.”

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos con moraleja.

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