El gatito Greg


Cuando Kike llegó a su casa era ya muy tarde. El reloj había dejado de dar las horas, muerto de cansancio. La casa estaba en silencio; esto no le sorprendió. Lo que sí lo hizo fue el hecho de que Luza no corriera a recibirlo moviendo la cola como cada día. En el jardín las sombras tenebrosas de la noche se mantenían al límite, siempre amenazando con apoderarse del control de la casa. Allí la encontró, vigilando atenta. La saludó y la invitó a pasar mientras le ofrecía una golosina, que aceptó gustosa.

A partir de ese día el comportamiento de la loba lo mantuvo en vela. Se había vuelto sumamente esquiva y se pasaba más tiempo en el jardín que dentro de la casa. —Como tenía su pequeña puertita podía entrar y salir a su antojo—. Llegó incluso a preferir dormir en el umbral de la puerta y a comer cuando él se encontraba fuera de casa.

Una madrugada Kike se despertó de improviso, movido por algún presentimiento o tal vez un ruido sonoro retumbando en su sueño más profundo. Llamó a Luza y, como esta no acudió a su llamado, fue a buscarla. El salón se hallaba desierto. La cama de Luza, vacía. La buscó por toda la casa y al no encontrarla se dirigió al jardín. La llamó varias veces desde el umbral de la puerta. Nada. Con una linterna y el corazón hecho un nudo comenzó a recorrer el perímetro. De pronto, en un rincón escondido, debajo de una enredadera, alcanzó a divisar un cuerpo peludo. Luza se hallaba completamente enroscada y debajo de su cuerpo asomaba otro amarillo y completamente empapado: un gato de apenas unos meses que le miraba suplicante. Con sumo cuidado lo tomó en sus brazos y se dirigió a la casa, con Luza pisándole los talones.

A Kike le fascinaban los gatos, pero en su casa no había espacio para una sola persona más, decía. Al día siguiente se puso a buscarle un hogar con urgencia y varias personas llamaron con deseos de darle uno. El día en el que vendrían a llevarse al gatito, Kike se levantó más temprano que de costumbre. Cuando estaba preparándose el café, lo comprendió todo. Desde hacía mucho, Luza había decidido adoptar a ese animalito y lo había cuidado con mimo, incluso arriesgando su vida. Ella le había escondido y cuidado noche y día. ¿Quién era él para arrebatarle esa amistad?

No lo hizo. Compró una camita para el pequeño Greg, aunque él y Luza prefirieron continuar compartiendo el viejo y arrugado almohadón. Y le abrió las puertas de su casa, como lo había hecho Luza semanas antes.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de animales, Cuentos para pensar.

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