El Patito Feo y Zalu


Conocía esa historia desde hacia mucho tiempo, y ya no creía en ella. Le parecía inverosímil que un cisne pudiera ser considerado feo en cualquier lugar. Además, estaba convencida de que la historia del patito feo solo servía para reforzar el paradigma de belleza que había en el mundo.

Con sus diez años, Zalu ya sabía bastante más de la vida de lo que se esperaba de ella. Sabía que no era un cisne, aunque en sus sueños a veces se graficara de ese modo. Tampoco era un pato, pero sabía exactamente cómo se sentía el protagonista de ese cuento, podía percibirlo cada día de su vida. Entendía al patito, pero, sobre todo, envidiaba su suerte: sabía que a ella no le crecerían alas blancas y cabeza negra y seguiría siempre dentro de un gallinero en el que no solo no destacaría sino que sería señalada como la mancha menos apreciada del tigre.

Todo cambió una mañana cualquiera. Zalu salió de su casa rumbo al colegio, con tiempo porque sabía que no estaba bien llegar tarde. En la esquina de su casa unos ojos pardos se posaron sobre los suyos y le exigieron atención. Era un enorme perro con más cruzas encima que variedades de sal tiene el océano. A ella nunca le habían gustado los perros; en realidad su padre le había dicho que era mejor no acercarse a ellos si no los conocía porque podían morderla o pegarle enfermedades. Siguiendo sus consejos, se alejó de esa mirada suplicante.

Después de andar doscientos metros volvió la vista atrás: esos ojillos la seguían a unos diez pasos de distancia, temerosos y angustiados. Entonces, movida por un impulso superior a sus fuerzas, ella rompió todas sus barreras y los temores, y se acercó a él. Se agachó, le extendió la mano y se dispuso a conocerlo. Después de darle una cuantiosa cuota de mimos prosiguió su camino, pero volvió a comprobar que el perro no se separaba de ella. Así que, nuevamente, tuvo que prescindir de todos esos principios y valores que su padre le había inculcado y faltó a clase para comprender qué debía hacer con el asustado animalito.

Esa noche su padre estuvo gritándole un buen rato, intentando hacerla entrar en razones de que “ese bicho” no podía quedarse en la casa. No obstante, la respuesta cortante de Zalu lo dejó perplejo:

—Si se va él, me voy yo, tú decides.

Su padre no creía que fuera capaz de hacerlo así que le dijo que si era la condición, debían irse los dos.

Esa noche, Zalu y Todo, como dio en llamar al perrito, anduvieron deambulando por la ciudad hasta cobijarse en una cabina telefónica donde apenas entraban. Harta de llorar y de lamentarse, Zalu se acurrucó junto a Todo y se durmió. A mitad de la noche, la figura de su padre se asomó por la puerta vidriera. Ella abrió los ojos y le escuchó decir:

—Tú ganas.

Desde ese día Todo se quedó a vivir con ellos y Zalu fue una niña nueva. Supo que aunque nunca le nacieran alas ni un fabuloso pico negro, y que aunque ningún humano la mirara jamás con admiración, Todo sí lo hacía. Y eso fue suficiente para ella.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos del Patito Feo.

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