El pez amarillo


Hubo un tiempo en que Liliana odió el color amarillo. Entonces, en su plumier llevaba lápices de todos los colores menos color amarillo. Decía que le traía muy mala suerte y que, además, era muy feo. Sus soles siempre eran rojos, al igual que roja o anaranjada era la luz que asomaba por sus ventanas. Nada en el cuaderno de Liliana había sido coloreado con ese color.

Las fobias, los miedos, los odios siempre tienen una explicación y en el caso de Liliana, ciertamente, también ese odio tenía fundamento: era una misteriosa historia que le había ocurrido y que la hacía sentirse sumamente triste y culpable. ¿Quieren conocerla? Aquí se las cuento.

Durante varios años Liliana sólo comía la mitad de su almuerzo. Y, cada tarde al salir del cole pasaba por una charca en la que vivía un pececito amarillo y compartía con él el resto. Ella le tiraba la comida y el animalito saltaba loco de contento y se comía todo de un sólo bocado. Después se quedaba un rato dando volteretas mientras la niña le cantaba y le contaba historias. Para Liliana no existía otro amigo como él.

Cierta vez Liliana desobedeció a su madre y ella la dejó sin salir durante varios días. La iba a buscar al colegio y le impedía hacer cualquier cosa, para que aprendiera a comportarse, le decía. Cuando finalmente le levantó el castigo, la niña corrió a la charca a ver a su amigo, pero él ya no estaba nadando en esas aguas.

Una tristeza infinita embargó a Liliana y durante días continuó arrojando la mitad de su almuerzo al agua con una mínima esperanza, que fue siempre estéril. Por eso había comenzado a odiar ese color, porque cada vez que veía algo amarillo pensaba en ese pececito y sentía culpa por haberlo dejado sin comida durante tantos días. ‘Seguro que se murió de hambre y pensó que lo olvidé’ se decía convulsionada por el llanto.

Una tarde contó a su amiga Mimai aquella historia, y ella le dijo que unos meses atrás había encontrado un pececito en un chacra y se lo había llevado a su casa porque estaba muy solo. Allí tenía una inmensa piscina que nadie utilizaba y donde ella había soltado a varios pececitos para que nadaran libremente. ‘A mí no me gustan las peceras, pero estos peces necesitan un espacio con agua estancada, no nacieron para vivir en el río’, le dijo.

Liliana fue a casa de su amiga muy entusiasmada ‘¡Por favor, que sea él!’, se decía. Al llegar tiró la mitad de su almuerzo con cierta ansiedad y una cosita amarilla comenzó a saltar y dar grandes bocados de alegría fuera del agua. Desde entonces, el color amarillo volvió a iluminar los soles, las luces y el plumier de Liliana.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos sobre el agua.

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