El silencio


Tenía los ojos apagados y en el lugar donde antes llevaba cabello se erguía un perfecto globo terráqueo, firme y liso. La niña la observó con desconfianza; parecía su madre pero ¿qué había hecho con su madre? ¿Dónde estaba ese pelo rizado con el que a ella le gustaba jugar antes de dormirse? Comenzó a llorar movida por el desconsuelo, incapaz de reaccionar de otra forma, siquiera de hablar. Su madre se le acercó y le dijo con pena:

—Tatiana, soy yo, vida mía. No te preocupes, todo saldrá bien.

Eso fue todo cuanto supo. Nadie vino a darle explicaciones, la dejaron con sus pensamientos, secos de recursos para comprender matices. Desde entonces tuvo que entender sola por qué su madre llegaba a casa después de cada visita al médico con los ojos apagados y el cuerpo cada vez más consumido. Y no pudo. Pero a nadie pareció preocuparle lo que pasaba en el interior de la niña.

Una tarde, su madre vino corriendo hacia ella y le dijo sollozando que todo había terminado y que volverían a tener una vida normal. La niña no dijo nada, simplemente, evitó el abrazo maternal y se encerró en su dormitorio. No hablo del tema ni hizo preguntas. Tampoco esta vez los demás le pidieron explicaciones. El silencio fue la respuesta a todas las preguntas.

Pasó el tiempo, Tatiana creció y su madre se fue haciendo cada vez más vieja. Hasta que un día sus ojos se apagaron de nuevo, esta vez para siempre. Durante el velorio todos los hijos lloraban desconsoladamente, al igual que el esposo. La única que permanecía completa y con la mirada en alto era Tatiana. Al verla, una de sus hermanas le preguntó:

—Tatiana, no es por nada pero ¿qué pasa, no te apena que se haya ido?

—Sí, mucho.

—Pero… ¿no lloras?

—Hoy no. Ya lo hice. ¿Te acuerdas ese año en que estuvo tan enferma y que se quedó calva y raquítica?

—Sí, claro—. Las lágrimas volvieron a sus ojos mientras la mirada de su hermana, aunque gris, permanecía limpia.

—Entonces me preparé para decirle adiós: lloré durante meses, le escribí cartas de despedida, poemas incluso, y la dejé marchar. Hice mi duelo entonces, por eso no lloro. Si alguien hubiera sido capaz de hablar conmigo para hacerme sentir menos triste, para entender las cosas que ocurrían, posiblemente hoy tendría motivos para llorar; pero también habría tenido muchos años de relación con mamá, años que no tuve por suponerla muerta. ¿Sabes? Por eso sí a veces me dan ganas de llorar.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos para pensar.

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