El verdadero rostro de Caperucita Roja


Caperucita Roja era una niña muy engreída a la que no le gustaba que nadie le siguiera la contraria. Los niños del colegio y de todo el pueblo le temían mucho porque nadie sabía de qué podía ser capaz la jovencita.

A simple vista se mostraba dócil y simpática: las maestras la adoraban y sus padres solo tenían palabras bonitas y caricias para su primogénita. Pero esas manitas débiles y blancas eran capaces de hacer mucho daño a todo aquel que se le acercara y que fuera más débil que ella.

Los que peor la pasaban a causa de este pequeño diablo eran los pajaritos. Caperucita había roto tantos pescuezos inocentes que ya ni siquiera llevaba la cuenta. Mientras lo hacía, gritaba:

—Suplica, sufre pequeño inútil, nadie podrá ayudarte.

Decenas de cadáveres se acumulaban en su conciencia y, sin embargo, ella seguía como si nada. Y a aquellos niños que la habían criticado por su accionar les había hecho tantas crueles maldades que ya nadie se atrevía a decirle nada.

Caperucita no le tenía miedo a nada; o eso creía. Cuando vio el enorme hocico negro frente a ella supo lo que era el miedo. El lobo se le acercó resoplando y le preguntó por qué era tan malvada. Ella le dijo que era lo que se merecían, había que saber cuidarse.

—Entonces, si yo te matara ahora ¿no estaría mal?

—Sí, porque yo soy superior. ¿No ves que soy humana?

La risotada del lobo sonó en cada uno de los rincones del bosque. La niña prosiguió:

—Si me mataras, vendrían a buscarte y te matarían a ti.

—Pero tú ya estarías muerta, no podrías hacer nada por impedir tu asesinato… como no pudieron hacerlo todos esos polluelos que has asesinado.

—No puedes matarme—. Lo intentó mejor, aunque le costaba pronunciar esas palabras. —Por favor, no me mates.

—Suplica, sufre pequeña inútil ¿No es eso lo que le decís a los pajaritos que asesinas, niña malvada?

Ella se quedó inmóvil y comenzó a sollozar de una forma como jamás nadie la había visto. Durante media hora el lobo estuvo haciéndole ver los terribles actos que había cometido, mientras la pequeña lloraba y lloraba arrepentida. A medida que le hablaba, el lobo se había ido acercando a ella. Cuando estuvo a unos pocos centímetros de distancia le susurro al oído:

—No sé qué te habrán dicho de los lobos pero no suelo comerme a la gente. Aunque, te voy a ser sincero: te he visto hacer tantas maldades que he sentido hondos deseos de acabar contigo, aunque jamás te comería.

Cuando la niña abrió los ojos se encontraba tendida en el medio del bosque y ya comenzaba a anochecer. Cogió el camino de regreso a su casa mientras, avergonzada, se proponía cambiar totalmente de accionar. No solo no iba a matar más pajaritos sino que ayudaría a todos aquellos que se encontrasen en apuros.

Y así fue. Desde entonces hubo razones para que las maestras la adoraran y sus padres se sintieran orgullosos de ella. Sin embargo, en el fondo de su alma pervivía el recuerdo de esas muertes que nada podría borrar; y desde aquel día, detrás de su mirada angelical una tristeza oscura iluminó su rostro, tiñéndola de oscuridad.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de caperucita roja.

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