Familias felices


Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. Su madre no se cansaba de repetir esa frase; seguro que la había leído en alguno de esos libros que llenaban sus tardes.

Desde que la conocía (desde que había nacido, por ende) no la había visto haciendo otra cosa que sentada frente a sus libros. Leía de día y de noche. Leía mientras el niño jugaba, cuando estaba estudiando. Su madre siempre siempre estaba con un libro en la mano. Y lentamente él comprendió que en esos objetos tenía que haber algo mágico y único.

Cuando Abel cumplió veinte años se hallaba leyendo (había adquirido esa fascinación por los libros) y se topó con esa frase. Cuando supo que Tolstói no había sido lo que se dice un hombre feliz y que ni siquiera su Ana Karenina había llegado a atisbar aquello que el mundo entiende por felicidad, se dio cuenta de que todo era una mentira. Esa novela, su historia, su pasión. ‘Lo único cierto es la tristeza y la infelicidad’, se dijo.

Varios años más tarde volvía sobre aquella frase. Leyéndola tras de esas enormes gafas que la miopía le había impuesto. Ahora que su madre no estaba y que él se pasaba las tardes leyendo mientras su niño iba de aquí para allá, sin detenerse a contemplarlo, se daba cuenta de que ninguna verdad es cierta hasta que alguien no la escribe. Entonces supo que él no tenía que leer, sino escribir. Dos años más tarde publicaba su primera novela y la prologaba con esa introducción de Lev Tolstói en memoria de su madre.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos realistas.

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