La Bella Durmiente


Cuando Alex despertó de la siesta, el río continuaba en el mismo lugar pero todo el bosque se había fundido en el más absoluto silencio. Se irguió con premura y, mientras se acomodaba el yelmo y la armadura, escuchó atentamente: un ruido sordo venía de la espesura del bosque.

Llamó a Mil y le preguntó qué ocurría. Mil, que era un cuervo muy charlatán y siempre estaba al tanto de lo que pasaba a su alrededor, se lo explicó: unas personas, precedidas por un hombre muy apuesto que tenía aspecto de príncipe, habían pasado por allí e iban en busca de una princesa o algo así.

A hurtadillas, Alex se encaminó hacia el centro del bosque, abandonando el río y la quietud de su siesta. Gracias a su entrenamiento se había vuelto sumamente escurridizo y rápido, por lo que fue capaz de esquivar con presteza a la horda de gente que regresaba enérgica derribando cuanto se ponía en su camino.

Siguiendo sus huellas, Alex llegó hasta el centro del mismísimo infierno: un punto oscuro y maloliente, junto a una charca estancada donde deambulaban anfibios de todas las especies y colores. En medio de ese asqueroso lugar había una cama hecha de hojas en la que dormía una joven de aspecto angelical. Alex se acercó con cautela, y le bastó una mirada para quedar prendado de ella. Cuando estaba a punto de rozar con sus manos las de la joven, la voz del cuervo lo hizo detenerse en seco. Había encontrado un largo pergamino donde se explicaban las razones por las que esa joven se encontraba allí.

Se llamaba Diana y estaba privada de su consciencia por un encantamiento. Su madre había quedado embarazada de ella a una edad madura gracias a la intercesión del duende Gremilín, quien le había puesto por sola condición que si era una niña, cuando cumpliera los quince años, debería cedérsela; de lo contrario, caería sobre ella una maldición que la dejaría inconsciente durante todo el siguiente ciclo lunar y, si al cabo del mismo no aparecía el verdadero amor de su vida, se convertiría en un sapo y viviría para siempre en las profundidades de una charca. La reina estaba tan desesperada y tan deseosa de tener un hijo que aceptó las condiciones, con tanta mala suerte que nació una niña…

—¿Y cómo saber cuál es la persona indicada? —Alex fue al grano.

—Dice que despertará cuando esa persona bese sus labios.

Sin pensarlo dos veces, Alex la besó. Cuando sus cálidos labios tocaron el frío témpano que cubría la boca de la princesa, ella movió levemente los párpados. Y cuando sus miradas se encontraron, el tiempo se detuvo a su alrededor. Entonces, Alex se quitó el yelmo pese a que conocía las consecuencias y no estaba preparada para afrontarlas. Pero cuando Diana descubrió que el apuesto príncipe en realidad era una joven, sus sentimientos no cambiaron, y el corazón de Alex saltó de felicidad.

Diana y Alex se prometieron junto a la charca, frente a Mil, el cuervo charlatán. Y, aunque las cosas para ellas no fueron nada fáciles desde ese día, esa será otra historia que les contaré más adelante.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de brujas, Cuentos de fantasía.

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