La caja


Cuando Paula abrió los ojos y recordó qué día era sonrió. Y cuando se irguió en la cama y se encontró con una enorme caja roja que descansaba junto a la puerta de su dormitorio, su reacción fue un veloz salto de alegría que la llevó a abrirla compulsivamente.

Esto había ocurrido cuando las primeras luces del día teñían el techo de su dormitorio de color anaranjado; ahora un sol apabullante se abrazaba a todas las paredes y la niña continuaba en su frenética tarea. Y es que la enorme caja resultaba imposible de abrir. Por mucho que Paula quitaba papeles y envoltorios, la caja seguía intacta, como si mágicamente debajo de cada empapelado hubiera otro. La enorme caja era como una inmensa cebolla imposible de pelar; una cebolla de pieles naranjas, azules, violetas, con barquitos, con muñecas, con frutitas.

El piso del dormitorio era una inmensa madeja de papel sobre el que flotaba la niña aferrada a la enorme caja, como se aferra un marinero al mástil de su barco a punto de naufragar. Paula tenía las manos cansadas. La primigenia ansiedad que la embargara al principio se había evaporado, transformándose en una obsesión rotunda por ver lo que había dentro.

A las tres de la tarde se quedó dormida sobre la caja que entonces lucía un empapelado de flores maravilloso. Cuando su madre entró en el dormitorio se acercó a su niña y la acostó delicadamente en la cama. Pero, cuando volvió al cabo de unas horas, su pequeña estaba nuevamente sumida en la exacta tarea. Su madre se le acercó para entregarle un pequeño obsequio que había comprado especialmente para ella, pero Paula no podía pensar en nada. Ya no le importaba que ese día cumpliera diez años, sólo quería saber qué había dentro de esa caja.

Con el correr de los días la obsesión de la niña creció a tal punto que incluso sus padres se vieron cautivos de ella. Lo más llamativo de todo es que nadie sabía quién había puesto la caja en ese lugar pero ninguno se atrevía a eliminarla. Decidieron hacer turnos para repartirse la sistemática tarea y averiguar entre todos el misterio de la caja.

Al cabo de una semana la casa ardía bajo un fuego amenazador que nadie pudo prever: la niña porque estaba desempapelando y sus padres por hallarse recobrando fuerzas para retomar el trabajo. De la enorme casa sólo quedaron cenizas plastificadas y una enorme caja intacta y vanidosa.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de misterio.

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