La habitación oscura


Todos estábamos en silencio. Después de la oración era lo que había que hacer; mi padre decía que teníamos que escuchar la respuesta de dios a nuestra plegaria, y solo podíamos hacerlo desde el silencio.

Alguien rompió la calma golpeando la puerta de calle con violencia. Mi padre se levantó solemnemente y se dirigió a abrir; volviéndose para mirarnos con severidad. Nosotros estábamos inmóviles, pensando en nuestras cosas: sabíamos que dios no existía y que no se aparecería en forma de paloma ni ninguna cosa por el estilo.

Era el vecino. Por alguna razón la luz se había cortado en todo el barrio y estaban buscando un electricista. Mi padre era uno de ellos; aunque en casa no teníamos luz eléctrica porque él no lo consideraba necesario: otra de las incoherencias de mi progenitor. Mi padre salió de casa sin siquiera despedirse.

La casa estaba en penumbras, nuestros ojos iban de un lado a otro y la luz de la vela iba consumiéndose lentamente. Cuando ya quedaba un trocito de cera diminuto, junto a la pila derretida que caía hacia el suelo, mi hermana mayor se levantó y colocó otra vela sobre ella. La luz renació: una llama amarillenta que parecía hechizarme con sus destellos. Me quedé hipnotizada observándola y pude ver que dentro surgía una habitación de hospital, donde alguien acostado en una cama luchaba por su vida.

Achiqué los ojos para intentar observar con nitidez. Era una mujer sin rostro y se hallaba completamente inmóvil. La habitación estaba en el más absoluto silencio. Intenté abrir los ojos pero no pude, como si la oscuridad hubiera conquistado cada uno de mis rincones. Cuando conseguí hacerlo mi padre me observaba con severidad.

—¿Te has quedado dormida? —me preguntó.

—No, estaba viendo a una señora en un hospital. ¿Crees que pueda ser mamá?

El rostro me ardió intensamente cuando la mano de mi padre rozó mi regordeta mejilla. Había olvidado que de ella no podíamos hablar. Me ordenó que continuara meditando y así lo hice.

Pero cuando alce la vista hacia la vela, por mucho que intenté volver a introducirme en esa luz cálida, solamente vi una llama que se iba extinguiendo cada vez más deprisa.

Desde entonces cada vela que encuentro testifica mis imposibles esfuerzos por recordar a esa mujer y por introducirme en una realidad anaranjada donde pueda comprender por qué mi padre ha dejado de mirarme con el cariño de antaño. Pero las velas no hablan, son testigos casi inmóviles de mi honda pena y de mi incertidumbre.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos para pensar.

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