La hija del mar


—Hija, tengo que contarte algo importante.

—¿Qué es, mami?

—Tú sabes que yo te quiero muchísimo, ¿no?

—Sí, má, por supuesto.

—Pero en realidad…

—¿Qué pasa? ¡Dímelo ya!

—No eres hija mía. Te adopté cuando eras una bebé.

La joven se quedó muda, sobrecogida por una fuerte violencia interna. ¿Cómo era posible que recién ahora, a los 15 años, se lo dijera? Había creído siempre que con su madre (o la que hasta instantes antes considerara como tal) le unía una relación muy especial, como la que nadie jamás podría cultivar. Ahora, el cielo se le había caído encima como una enorme bolsa llena de piedras. Se enojó, le gritó y le echó en cara que no se lo dijera antes.

—Has fomentado que creyera en algo invisible. Te odio —le dijo. Y Salió golpeando con fuerza la puerta, dispuesta a no regresar jamás.

Se pasó toda la tarde deambulando por la ciudad: una urbe costera como cualquier otra pero que ella había amado siempre, de la que se había sentido parte. Ahora miraba sus esquinas salitrosas y deseaba estar en otro sitio; se sentía extranjera en su propio barrio.

Corrió hacia el mar, el único que siempre sabía consolarla, y se sentó en el muelle de madera. Sus pies colgaban como dos pájaros que vuelan dejándose llevar por la masa de aire que sube y baja. De pronto vio una silueta que se movía velozmente sobre el oleaje. De la blanca espuma, salio una figura femenina que se acercó a centímetros de donde ella estaba.

—¿Qué te ocurre, hija?

—¡No soy tu hija! —le respondió gritando la joven.

—Bueno, es un decir…

—No, por un decir estoy como estoy.

La sirena salió del agua, se sentó a su lado y le pidió que le contara qué le ocurría.

—Por lo menos puedes ir por el mundo a buscarla —dijo la sirena en cuanto la joven terminó de hablar.

—¿Y tú? ¿Cómo terminaste así?

La sirena pasó a contarle la historia de una terrible catástrofe que había puesto en peligro toda la vida marina. Había hecho un pacto con Diantres, el enemigo poderoso de las ondinas, para salvar a su hija. Él le había dado forma humana a su bebé y la había puesto a salvo en tierra firme; a cambio, la sirena había tenido que servirlo.

—Todavía estoy a su merced. Apenas si puedo descansar; siempre tengo que estar controlando sus asuntos.¡Es agotador!

La joven intentó calmarla y le prometió que la ayudaría. Desde ese día su relación con su madre adoptiva volvió a ser la de antes y juntas iniciaron la búsqueda de la identidad de la joven y se comprometieron a ayudar a la sirena para que encontrara a su hija.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de La Sirenita, Los mejores cuentos.

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