La historia de Mancha


Mancha era un caballo precioso, todo blanco con unas manchitas negras que le había servido para darle ese nombre. Marisa lo adoraba, él era toda su vida. Se pasaban las tardes unidos, recorriendo los alrededores, comiendo fruta de la huerta de los vecinos que amablemente les dejaban cogerlas y matando el tiempo entre abrazos y galopes.

Entre Marisa y Mancha había un lazo muy fuerte que confluía en una relación intensa y sincera. Cuando la niña se separaba de él para regresar a su casa le decía que siempre estarían juntos. No pasó un sólo día de su infancia sin que repitiera esa promesa. Él siempre le respondía con un relincho feliz.

Pasó el tiempo, Marisa creció y lentamente fue olvidando ese amor insoslayable, hasta que un día se fue a vivir a la ciudad y rompió su promesa. Durante años dejó de ver a Mancha, ocupada en sus estudios y trabajos. Preocupada en labrarse un futuro y una vida adulta.

Un verano su padre la llamó para decirle que Mancha había envejecido muchísimo, estaba muy enfermo y él ya no podía seguir teniéndolo en el campo; le dijo que la única solución que veía y la más saludable para el caballo era el sacrificio. Marisa estuvo de acuerdo pero le pidió que esperara a que ella fuera al campo a despedirse. Su padre estuvo de acuerdo.

A la semana siguiente, Marisa viajó a la casa de su infancia, donde había pasado hermosos y peculiares momentos, y se dirigió al campo donde se hallaba Mancha. Cuando sus ojos se encontraron con los de aquél que había sabido ser su gran compañero en la infancia, no pudo reprimir las lágrimas. Ahí sí su corazón retrocedió, y retrocedió, y volvió a retroceder hasta ese tiempo en el que toda su vida giraba en torno a ese precioso individuo. La verdad le cayó como un baldazo de agua fría y el dolor por haber olvidado su promesa le cortó la respiración. Al regresar a la casa le pidió a su padre que no lo matara, prometiéndole que ella se encargaría de cuidarlo hasta que le llegara su hora.

Así fue. Mancha vivió unos cinco años más rodeado de los mimos y el cariño de su amiga ahora sí, inseparable. Dicen los que los vieron que incluso, en esa última etapa Mancha pareció rejuvenecer gracias a sentir nuevamente ese amor incondicional.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de animales.

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