La liebre y la tortuga


¿Algún día se preguntaron qué le habría ocurrido a la tortuga del cuento si no hubiera recibido ayuda para vencer al conejo? Yo sí, y por fin lo he descubierto.

Cierta vez la tortuga desafió a la liebre a una carrera; después de oír las risotadas y las burlas del mamífero, el lento reptil agregó que la única condición para llevar a cabo dicha carrera era que se realizara antes de la puesta del sol. Para la liebre fue la razón más estúpida que alguien pudiera proponer como excusa pero la aceptó, quizás, precisamente por ello.

Llegó el día, y, como todos saben, la tortuga venció: después de las sucesivas siestas de su contrincante y de la pérdida de tiempo por su parte. Cuando se encontraron en la meta, la liebre empezó a escarbar la tierra. Sí, conocía esa misma historia que nosotros descubrimos de pequeños. ¿Saben qué encontró? Absolutamente NADA.

—¡No puede ser! ¿Cómo lo has hecho? ¡Se suponía que debería descubrirte encontrando a tus ayudantes bajo tierra y se invalidaría la carrera!

La tortuga era la que reía ahora. Por mucho que la liebre intentó conocer el secreto de tal hazaña no lo consiguió. Durante los días sucesivos la tortuga estuvo disfrutando de su victoria, recordándole a la liebre el resultado y asegurándole que no se lo olvidaría en la vida; pero por mucho que la liebre intentó convencerla para que se hicieran amigas y para que compartiera con ella su secreto, no consiguió más que más risas y más burlas.

Al cabo de una semana, la tortuga desapareció. La liebre estuvo buscándole durante días enteros sin poder encontrarla. Después, se olvidó de ella, aunque no de la carrera. Una tarde, al despertar de una tremenda siesta, descubrió a un duendecito azul entre los matorrales, ¡era el propio Rumpelstilskin! Y fue entonces que lo comprendió todo.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos clásicos.

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