La mirada amarilla


Gustavo era un niño tímido, que sólo deseaba una cosa: que su padre fuera capaz de mirarle a los ojos y que éstos nos despidieran el brillo amarillento de la decepción. Sabía que no podía ser perfecto pero deseaba con todas sus fuerzas que su padre no sólo lo entendiera sino que, además, tuviera un gesto amistoso con él.

Cuando tenía ocho años su padre le dijo que para que él lo quisiera tenía que comportarse como un hombre. Gustavo se veía, sin embargo, muy diferente a su padre: sus brazos eran finos y no tenía la fuerza suficiente ni siquiera para abrir un tarro de aceitunas. No, él no podía ser un hombre. Quizás, ambos lo entendieron y por eso, comenzaron a comunicarse cada vez menos.

A los quince, la relación que mantenía con su padre era absolutamente nula. La lejanía le había convertido en un chico sumamente susceptible y capaz de odiar. Todavía deseaba el brillo de sus ojos y la aprobación paterna; pero ahora, no lo asumía. Su padre, en cambio, parecía haberse olvidado por completo de que ese jovenzuelo era su hijo, su responsabilidad.

A los veinte años, Gustavo le dijo a su padre que no estudiaría abogacía como él, que se dedicaría a las letras. Su padre se enojó muchísimo con él (aunque hacía años que no hablaban). Después, todo siguió como hasta entonces: el silencio acampando entre ambos.

Ahora, aquel chico deseoso de afecto, llevaba años de dedicarse a la escritura: tenía dos novelas en su haber y una pila de relatos que todavía no había logrado publicar. Su padre no había leído ni una sola de sus páginas. Seguían sin hablar, pero a Gustavo parecía no importarle.

Una noche, cuando regresó de trabajar, su padre le estaba esperando. Le miró con los ojos más claros que nunca y le dijo con un dejo de tristeza y pesadumbre:

—Hijo, estoy orgulloso de ti. Eres todo un hombre.

Gustavo siguió caminando, como si aquel hombre lloroso no fuera más que un extraño. No le pidió explicaciones; entró en su habitación y cerró la puerta, como lo había hecho siempre: dividiendo rotundamente la energía que empapaba a cada uno.

Sobre su cama encontró una carta certificada que se hallaba abierta: lo habían nombrado ganador de un importante premio literario. Entonces, entendió el significado de aquellas palabras. Al día siguiente hizo la maleta y se marchó de la casa para siempre.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos para pensar.

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