La mudanza


Se había quedado muda mientras los veía trasladar cajas, cajones y muebles. No quería despedirse porque sabía que si se iba, no volvería a verla. Era incapaz de moverse de aquel lugar pero entendía que era la única forma de sobrevivir a la tragedia.

A Moilet le gustaba esa casa, pero la memoria cada día le pesaba más y la única forma de seguir adelante era mudándose. Creía que de ese modo podría escaparse del recuerdo de aquella vida en la que todos habían sido felices —le costaba recordar que ella también lo había sido—. Soñaba con el día en que pudiera mirar a través de la ventana y ya no se ofreciera ante su vista la desnuda piscina que se había llevado toda su vida. Ansiaba apropiarse nuevamente de su mundo, lejos de los recuerdos y de la muerte.

Las cajas iban y venían. Ella se había quedado observando el ajetreo y el viaje de los bártulos, como si de otra vida se tratara. Tocaba las escaleras manoseadas por el vagabundeo y escuchaba el chirrido de los muebles que se resistían (como ella) a abandonar su hábitat, y una pena oscura iba invadiéndola, hasta ahogarla —no quería pensar en esa palabra—.

Se echó a llorar desconsoladamente. Sus amigos intentaron calmarla, pero nada parecía aliviar ese dolor. Por mucho que intentó hacer visibles las ventajas de marcharse, nada la convencía. La vida ya no le era suficiente. Siempre la perseguirían los recuerdos, no importaba dónde intentara esconderse. “No puedes esconderte de la vida“, le había dicho su amiga Marga; Moilet sabía que ella no podía entenderla.

Se quedó mirando el techo, sin desear, sin pensar, envidiando a los ácaros que viajaban sin preocupaciones de una esquina a la opuesta de ese cielo artificial. Deseó poder quedarse allí para siempre, como ellos, sin tener que seguir adelante. Pensó que sería el único modo en que la vida no la hallara.

Pero el tiempo pasó y llegó el momento de marcharse. Besó las paredes, miró por última vez a los bichejos deambulando por los techos y cerró la puerta con seguridad. La voz de su hija pidiéndole que no la abandonara resonó con violencia en su alma. “Es mi cabeza“, se dijo. Y se marchó sin volver la vista atrás. No pudo ver las pisadas de unos diminutos pies mojados que salpicaron el umbral de la puerta de aquella casa, en la que alguna vez había vivido una familia feliz.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de misterio.

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