La oruga


Era una oruga, igual que cualquier otra. Sin demasiadas pretensiones. Sin razones para vivir más que el alimentarse de una hoja para crecer y crecer. Le habían dicho que un día le crecerían alas y podría atravesar el inmenso maizal y pararse frente a todo el mundo; no estaba del todo segura, pero ansiaba que llegara ese momento.

Postularse frente al inmenso campo con las alas extendidas y ver esa misma hoja desde arriba parecía un gran propósito para una simple oruga. Faltaba poco. Horas apenas. Esperaba. Cuando se le acababa la paciencia y creía que ya no podía esperar más, se animaba. Y seguía esperando.

El cielo se cubrió por una violenta nube que arrastró consigo todas las hojas que rodeaban la pequeña hoja en la que se hallaba la oruga. Ella se aferró con todas sus fuerzas. Resistió durante minutos, puede que horas, hasta que sus doce patitas no pudieron continuar y se fueron desprendiendo.

Cerró los ojos: toda su corta vida esperando por un vuelo majestuoso y ahora se veía arrastrada por un viento taimado que no reparaba en su débil piel y que no dudaba en llevarse por delante sus pequeños sueños de oruga.

Su vida verde y monótona en una hoja que al final había resultado ser menos fuerte de lo que parecía, pasó ante sus ojos, sus antenas se doblaron, y se precipitó al vacío. Sabía a mar, a brisa. El vacío no era tan peligroso, ni tan oscuro, le habría gustado decirle a su madre, muerta hacía siglos.

Abrió los ojos: dos coloridas alas habían emergido de sus costados verdes y su piel ahora lucía suave como una pluma. Se sintió frágil y vigorosa, pura y eterna y aleteó con decisión hasta el final del campo de maíz.

Ahí estaba ella, mirándole la cara a aquel día como si se tratara del último y volando por un vacío que olía a brisa marina. Sobre una mínima hoja quedaba un capullo rezagado, lo último de esa oruga idéntica a todas las de su especie.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de animales.

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