La periodista


Siempre había soñado con convertirme en periodista. Ya de muy pequeña manifesté mi interés por esta profesión. Con tan sólo cuatro años cogía el mando de la tele y, simulando que había frente a mí una cámara, contaba las noticias: cosas que me iba inventando y que no tenían ninguna rigurosidad científica, como era de esperarse.

Estaba convencida de que los periodistas eran los seres más importantes de la tierra; sin ellos no podíamos conocer a fondo las cosas que pasaban en el mundo. Y quería ser uno de ellos para gritar la verdad a los cuatro vientos; eso solía decir.

Pero el sueño comenzó a materializarse el día en que mi tío Palmiro me regaló un pequeño librito para niños con ambición periodística. Era un manual de tapas blancas y coloridas en el que te iban mostrando paso por paso cómo realizar una nota y qué tener en cuenta para crear un copete o realizar una entrevista. En esas páginas encontré mi vocación y el incentivo para llenar mis tardes. Desde aquel día, no hubo uno sólo en mi vida que no estuviera relacionado con el periodismo.

Como lo habían vaticinado todos mis allegados, me gradué en periodismo y tuve la suerte de conseguir un trabajo fantástico viajando por muchas ciudades y haciendo notas y reportajes de todo tipo. Pero un día colapsé; me di cuenta de que había dedicado mi vida a una profesión sin entender bien por qué, dejándome llevar por una ilusión que nunca se había hecho realidad del todo.

Entonces, lo dejé todo y me encerré en mi misma; harta del mundo, de que las noticias fueran manipuladas con tanta facilidad y de que la función de los periodistas no tuviera nada que ver con ese sueño infantil y fantástico. Cuando creces, la magia de la infancia se esfuma por la claraboya de tu conciencia y te das cuenta de que nada -absolutamente NADA- es tan maravilloso o placentero como creías de niña.

El pozo era tan profundo que no podía ver; sentía que nunca saldría con vida de aquel malestar que me iba consumiendo más y mas: primero, había acabado con todas mis relaciones y más tarde, me había sepultado bajo tierra, como un topo pero con la extrañeza de quien ansía la luz. Y entonces llegó: un paquete a mi nombre que contenía algo blando en su interior. Al abrirlo lo encontré: ese librito que me había llenado de energías en la infancia estaba ahí radiante, recordándome mis razones, mis principios. Miré el remitente: mi tío Palmiro acababa de enseñarme nuevamente el camino.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos realistas.

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