La piedra negra


Era la única. Se cansaba de ser tan distinta. Todas las demás piedras tenían su propio clan pero ella siempre andaba aliándose con alguna descarriada sin encontrar un grupo donde sentirse contenida. Piedras amarillas, rojas, blancas y grises formaban equipos, paseaban, reían con otras de su especie; pero ella toda negra, no conocía a nadie que se le pareciera.

Una tarde decidió marcharse, ‘quizás en otro río todas las piedras sean negras’, se dijo. Nadie la echó de menos; es lo que sucede con los números impares: molestan, desproporcionan y es mejor que sean recortados de la ecuación. Comenzó a recorrer el lecho del río; anduvo kilómetros y kilómetros pero lo único que hallo fue más de lo mismo: piedras amarillas, rojas, incluso con pintitas de varios colores, pero no encontró ninguna piedra negra.

Un día en el que después de una caminata agotadora se había tirado a descansar le sucedió algo insólito. De pronto, todo se puso oscuro y el suelo comenzó a moverse. No podía ver nada, sólo oía voces de alegría a su alrededor. Cuando abrió los ojos notó que estaba en una caja de vidrio, apoyada sobre una cómoda alfombrilla y muchísima gente la observaba con devoción. Comenzó a sonreír porque eso era lo que había visto hacer a las piedras cuando otras las mimaban.

Cuando se hizo de noche, la gente se fue y todas las luces se apagaron. Con la escasa luz pudo ver, sin embargo, que a su lado había una piedra lila. Comenzaron a charlar y a contarse sus vidas: que eran algo parecidas. Su nueva amiga le dijo que estaban allí por exóticas. ‘Estas personas disfrutan de hallar piedras extrañas y las ponen aquí para que otros vengan a vernos. ¡A que es curioso!’.

Pasaron los días: de día había que estarse quietecita para que la gente la observara sin notar nada raro, pero por las noches podía acercarse a su amiga y reírse un buen rato. En uno de esos encuentros nocturnos su amiga Lila le propuso que se fugaran. Sonaba interesante: ambas estaban cansadas de tanta quietud. Así que se marcharon esa misma noche, haciendo trizas la vitrina en la que se hallaban guardadas. Lila le había dicho que conocía un lugar, y hacia allí la llevó. Era literalmente un paraíso; allí vivían piedras de todos los colores, y muchas de ellas eran negras y otras, lilas. Desde entonces viven juntas en ese espacio, felices en su rareza.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos con moraleja.

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