La playa


El mar se había calmado, después de semanas de rugir contra las piedras como si fuera el último día. Pedro decidió que ya podía sentirse seguro y se adentró sin precauciones en las aguas profundas. Tan feliz y seguro se sentía que no fue capaz de entender que el rugido de las olas, como motores asfixiados, le estaba alertando de que se había alejado demasiado. No se detuvo. A la semana hallaron su cuerpo, cubierto de algas, explotado contra unas rocas aisladas.

Fernando había salido a hacer su ronda como cada tarde. Le gustaba pasarse varias horas nadando y corroborando que el mar no se hubiera cebado con la vida de ningún ser humano; muchas veces había rescatado aves perdidas a punto de expirar o de ser tragadas por las aguas o algún navegante perdido. Fernando amaba el mar y en ningún otro sitio se había sentido más seguro y más feliz que allí hasta esa tarde.

El agua estaba fría, a lo lejos se veía el acantilado lleno de piedras y piedrecitas. Algo lo llevaba a ese lugar. Al llegar lo que encontró lo dejó pasmado: no tenía más de diez años. Sus ojos estaban desencajados y el cuerpo retorcido contra una roca. Fernando pensó ¿cómo es posible que la vida sea tan frágil? Miró esos labios blancos y resecos e intentó pensar en cómo habrían sido sus últimos momentos. ¿Habrá gritado o se habrá dejado llevar, simplemente?

A partir de aquella tarde Fernando adoptó otra visión frente a la vida: esos instantes que lo hacían tan feliz podían terminarse de un minuto a otro; nadie estaba exento del paso del tiempo ni de las inclemencias de las circunstancias y lo mejor, más que ponerse trágicos o negativos, era hacer frente a cada situación e intentar vivir cada instante como si fuera el último. Y así lo hizo, por Pedro, ese pequeño de 10 años que había tomado una mala decisión pero había sido consecuente con ella.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos sobre el agua.

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