La Princesa


Curamil era la única hija que había tenido Pehuén con su esposa Ayelén, que había fallecido al nacer la pequeña. Era un hombre humilde y trabajador que vivía en la tribu del Gran Ranguel. La hija de Ranguel se llamaba Mailen, es decir, Princesa en mapudungun. Mailen gozaba de una gran popularidad, todos la querían y la respetaban por ser la hija predilecta de Ranguel. Una tarde Curamil le preguntó a su padre:

—¿Por qué Mailen es princesa y yo no, no valgo como ella?

Su padre se quedó sorprendido ante la pregunta de su pequeña y le respondió.

—Sí, Curamil eres tan preciosa y valiosa como ella pero has tenido la mala suerte de no ser hija del cacique.

—Pero ¿no puedes hacer que yo me vuelva princesa?

—No, lo siento, hija.

Curamil se quedó triste y cayó en un profundo pozo. Por mucho que su padre intentó ayudarla no obtuvo resultados; su hija no quería comer ni beber y se pasaba el día sola en el bosque.

Desesperado, Pehuén tomó una decisión: ¡conseguiría un reino para su hija! Así fue como emprendió un largo viaje que duraría muchísimos años. Recorrió todo el país, los territorios vecinos e incluso se atrevió a cruzar otras fronteras, pero no obtuvo buenos resultados.

Cansado y ya a punto de regresar a su casa, sabiendo que su pequeña Curamil no haría realidad su sueño, comenzó a desandar lo andado, frustrado por regresar con las manos vacías. Entonces se cruzó con un viajero que venía de una tierra muy muy lejana, a la que era imposible llegar caminando.

Aunque Pehuén nunca se había subido a un avión, lo hizo. Y cruzó el océano hasta llegar a una tierra de nadie, sin reyes, sin Estado, sin siquiera pobladores. En pocos días cercó todo el territorio y consiguió que muchas personas desearan mudarse allí, donde les prometió habría comida para todos y serían gobernados por él y su hija, Curamil, una hermosa princesa.

Curamil confiaba ciegamente en su padre, así que aceptó el reto de viajar en avión; pero ignoraba lo que le esperaba del otro lado. Al llegar, una multitud de personas la agasajaron. Le habían preparado deliciosos dulces y cosido para ellas preciosas vestimentas que no dudó en ponerse henchida de alegría.

Curamil se convirtió en la princesa del reino Pehuenco y comprendió que de toda esa historia lo más importante era que su padre había sido capaz de revolver cielo y tierra con tal de verla feliz y nunca más estuvo triste. Además fue una princesa que gobernó con ternura y humildad lo que la ayudó a ganarse el respeto de la gente no por su jerarquía sino por su humanidad.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de princesas.

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