La voz de la llorona


Miré hacia el cielo: una cúpula obtusa y opaca me cubría completamente. Las pequeñas llamitas que hasta horas antes brillaban implacables en el firmamento, habían desaparecido. La tormenta era inminente y mi cuerpo ya sentía el frío que despide la tierra cuando se prepara a ser cubierta por una baldazo de agua. Los pájaros se habían esfumado y el silencio era conmovedor. Todavía tenía que andar como dos kilómetros hasta llegar a mi casa, así que apresuré mi andar.

Un grito ahogado me sacó de mis cavilaciones. Nunca he tenido miedo a la oscuridad, pero la evidencia del horror siempre nos pone de cara al abismo. Agudicé mi vista hacia el oeste y esperé muda e inmóvil unos segundos. Nada. Decidí caminar. Después de unos pasos, el mismo grito, pero esta vez del costado derecho. Seguí el mismo procedimiento, como quien repite movimientos para asegurarse de obtener los exactos resultados.

Un cuerpo frío rozo mi piel, que se erizo como un animal; toda ella, era una animal asustado. Me detuve nuevamente. ¿Huir? ¿Hacia dónde? ¿Había alternativa de escapatoria? Si aquella cosa se movía a la velocidad de Superman indudablemente no había nada que pudiera hacer.

No quería morir, pero menos aún quería hacerlo sin conocer las razones de mi fallecimiento. Palpé el apelmazado trozo de oscuridad que me envolvía el cuerpo: efectivamente, había algo, el enorme roble centenario que estaba a metros de la tapera.

Mientras me recuperaba del susto e intentaba convencerme de que todo había sido producto de mi imaginación, volví a escucharlo: era un llanto resquebrajado, que surgía de todos los sentidos a la vez.

En las zonas descampadas, el viento tiene la capacidad de multiplicar los sonidos. Los que nos hemos criado en el campo sabemos, sin embargo, distinguir el grado cero; aunque debo reconocer que entonces desee no poder hacerlo. Cuando supe que la voz provenía de la casa abandonada, de la que se contaban tantas historias, ya era tarde: mis pies rozaban el lodo de su portillo y un llanto profundamente lastimero salió por una de sus ventanas y me penetró hasta el hígado.

La noche se había despejado, como una botella de vino que al abrirse invade el espacio de un aroma dulce y apacible; la cúpula se cubrió de luces que serpenteaban. Las estrellas siempre me han calmado, si te acompañan es que vas por buen camino, aunque las posibilidades sean infinitas.

Ante mi, como venida de un sueño, mi madre, fallecida unos 10 años atrás, me miraba y se me acercaba. Y, cuando convencida de estar viviendo en el sueño más hermoso de mi vida me disponía a abrazarla, escuché ese grito, esa voz ronca, milenaria gritándome amenazadora “¿Dónde están mis hijos?”. Su rostro se había torcido: ya no era mi madre.

¿Huir? ¿Adónde? Era obvio que no tenía que escapatoria. Me deje caer en el suelo mientras sollozaba.

—¿Estás bien?

Mi amigo Kike me estaba contemplando estupefacto; detenidos junto a la tapera, nos miramos. Me ayudó a levantarme y me acompañó a casa. La cúpula celeste se iba poblando de llamitas y el campo había empezado a ser consumido, una vez más, por el incendio de la tarde.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de La Llorona, Los mejores cuentos.

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