Las dos hermanas


Habían nacido el mismo día con pocas horas de diferencia. Y, por alguna extraña razón sus vidas habían corrido a la par, como si algo las hubiera fusionado aquel día, condenándolas a vivir mimetizadas para siempre.

De pequeñas eran inseparables, su madre solía decir que se parecían tanto que seguramente darían a luz el mismo día y que hasta se casarían con hermanos gemelos, como ellas. En ese tiempo muerto de la infancia solían conversar acerca de lo que serían de mayores: ambas querían ser actrices y viajar por todo el mundo y creaban juntas un futuro apetecible. Pero el tiempo las revoleó por los aires y las decisiones que cada una fue tomando plasmó una línea gruesa entre ellas.

Ana se dejó convencer por los caprichos de su madre y se casó y se entregó a una vida familiar tranquila, apacible y pequeña. Su hermana María, incapaz de seguir soportando las presiones familiares y de ceder a aquel sueño infantil que todavía llameaba intacto en su interior, abandonó la casa materna poco después de terminar el colegio.

Las palabras de su madre siguieron llegándole durante años en un eco invasivo. “Vas a quedarte sola, María, sin nadie que vele por ti cuando estés enferma ni te dé los buenos días el día de tu aniversario. Vas a quedarte sola y cuando te des cuenta ya va a ser demasiado tarde. ¡Eres una irresponsable!“.

La vida fluyó. Mientras Ana tenía sus sucesivos hijos, María filmaba, escenificaba, aprendía papeles, vivía con pasión la realidad de ese sueño infantil, y descubría que la realidad era mucho más placentera que la ilusión que de ella tuviera de niña.

Pero ciertas vidas siempre se encuentran ligadas, y por mucho que se haga por romperlas, la tela que las une no cede. Por esa razón cuando Ana enfermó con aquella extraña enfermedad, su hermana también lo hizo: y ambas lo supieron el mismo día. Lentamente esa vida intensa de escenarios fue desfalleciendo en el cuerpo de María al mismo tiempo que se apagaba la rutina de fiel esposa de Ana.

En su agonía María viajaba con suma tristeza a la infancia, y aunque lamentaba aquella pérdida volvía a elegir ese camino que la había acercado más a ella misma y que consistía en una elección libre de los prejuicios sociales y las imposiciones familiares. Por su parte, Ana sonreía como una actriz mientras se preguntaba qué había hecho todos esos años, qué dejaba para la posteridad. María, sola como su madre lo había predicho, era consciente de que sólo ella sabía lo valioso que era ser tú mismo cueste lo que cueste. Ana pensaba en María y se maldecía por no haber tenido su valentía.

En la lápida de Ana su familia escribió “Madre ejemplar y esposa fiel. Te extrañaremos“.

Al entierro de María fue mucha gente, toda desconocida para ella, y ella también tuvo su lápida, en la que se leía: “A María por ser un ejemplo de lucha para tantos artistas incomprendidos. Siempre te admiraremos“.

Al año del fallecimiento, la tumba de Ana se llenó de familiares llorosos que volvían a extrañarla; la de María era una fiesta de seguidores que veían y reveían sus filmaciones y volvían a admirarla y extrañarla.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos para pensar.

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