Los chicles de fresa


Nos quedamos mirándola asombrados: se llamaba Adriana y también nos miraba con interés. Éramos cuatro niños enfermos, asquerosos y nauseabundos que no sabíamos lo que era reír. Llevábamos allí desde hacía tiempo, ni siquiera podíamos recordar cuándo nos habían llevado y no teníamos la esperanza de salir.

Hacía tiempo no me reía tanto, y sé que de todos los niños que allí vivían era uno de sus favoritos. Lo sé porque sólo a mí me traía unos chicles de fresa, que tenía que comer a escondidas de las enfermeras.

La llegada de Adriana a nuestro pequeño círculo cambió la perspectiva de futuro para todos. Ella venía por una cicatriz que no terminaba de sanar; los médicos la atendieron con mimo y le dijeron que volviera a la semana siguiente. Los demás contamos los días que faltaban para su regreso. En el camino cayeron algunos: los hospitales son lugares donde la vida y la muerte plasman un círculo de constante batalla frente al que lo único que puedes hacer es soñar con no ser tú el siguiente de la lista.

Yo no tenía muchas esperanzas: las enfermedades suelen ser menos generosas con los niños y parecen gustar de la carne nueva. “Si te aprisionan, lo más seguro es que no te suelten”, me dijo un día Marlen, una niña que cuando Adriana surgió del espacio, como una enviada especial de un lugar mágico, ya se había marchado.

Comenzó a venir; primero por su cicatriz, después para sanar las cicatrices que dejara. No podías no amarla, sus labios despedían un aroma que conquistaba el ambiente y su cercanía valía diez vidas sanas; y es mucho decir de alguien que está a punto de marcharse.

Adriana era verdosa; de un verde que contrastaba con la blancura de las sábanas y las paredes del hospital. Durante meses vino a visitarme; yo esperaba por ella y sus chicles de fresa. Pero un buen día no volvió.

Seguí esperándola, con las pocas fuerzas que me quedaban: también iría a donde Marlen, lo sabía, me lo había dicho mi madre. Cuando ya no tenía esperanzas de volver a verla y comprendía que no había mucho beneficio en quedarme a esperarla en aquel hospital, la vi aparecer por la puerta: verde como siempre y con esa sonrisa enorme. Me entregó la bolsita con los chicles y me dio un beso mientras me decía. “Sabía que volvería a verte, por eso no me preocupé demasiado”.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos inventados.

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