Los duendes de la navidad


Eglantina estaba cansada de que cada navidad la enviaran a ese orfanato. Cuando al día siguiente se reunían los duendes en la cueva de Raedself, donde vivían como una gran familia, todos contaban divertidas y disparatadas historias que les habían ocurrido en las casas que les había tocado visitar. Pero Egladina era invadida por una tristeza profunda y se quedaba en silencio.

Así había sido año tras año. Todos los duendes volvían satisfechos por haber cumplido, una vez más, con su misión. Todos, menos Eglantina. Para ella las navidades eran siempre iguales: llegaba al orfanato y decenas de chiquillas y chiquillos la rodeaban. Entonces, como lo exigía la tradición, ella les preguntaba cómo había sido el año. Y ellos pasaban a narrarle con lujo de detalle toda clase de historias sobrecogedoras. Después, Eglantina les entregaba regalos especiales para cada uno de ellos, teniendo en cuenta lo que a cada uno le gustaba. Y concluía marchándose con una pena muy onda abrazando su diminuto corazón.

El día después de la navidad los niños del orfanato lo pasaban jugueteando y riendo como nunca, apreciando con estremecimiento todos los regalos. Para Eglantina el día siguiente era una verdadera tortura; no podía explicarse cómo había gente que sufría tanto y que, aún así, era capaz de poner una sonrisa en su rostro y seguir adelante. Pero posiblemente lo que más daño le causaba era pensar que al año siguiente nuevamente tendría que ir a ese lugar, encontrarse con esas suaves vocecitas y no poder hacer nada por ellos, más que entregarles unos cuantos regalos que no terminarían, sin embargo, con su desamparo.

Ese año consiguió llegar a un acuerdo con Laila: Eglantina iría a la casa que siempre había visitado Laila (de una familia normal y corriente) y Laila visitaría a los niños del orfanato.

Eglantina estaba muy contenta. ¡Finalmente podría regresar con una historia divertida y pasaría una preciosa navidad junto a sus amigos los duendes!

Al día siguiente de la noche buena todos los duendes contaron sus andanzas. Cuando le llegó su turno, Eglantina dijo que había sido la navidad más triste de su vida. Primero: los niños no habían sido capaces de dedicarle más que unos pocos minutos, solo querían saber qué había dentro de los envoltorios. Segundo: sus padres habían comprado cientos de regalos y, a su lado, los de Eglantina eran insignificantes. Y tercero: se sintió terriblemente sola porque ninguno de esos niños se parecía a sus amiguitos del orfanato, y echó de menos a todos y cada uno de ellos.

Laila, por su parte, dijo que la suya había sido una hermosa navidad. Los niños del orfanato la habían recibido con enormes sonrisas y la habían escuchado con suma atención.

Eglantina se quedó mirándola estupefacta y le preguntó cómo podía sentirse bien si todos esos niños tenían historias terribles. Le preguntó:

—¿No te hace daño pensar que no puedes nacer nada por cambiar aquello?

Laila la observó fijamente y le dijo:

—Sí, pero ya lo has dicho: no hay nada que podamos hacer por cambiarles el pasado. Nuestro deber es ofrecerles una navidad agradable y divertida. Debemos sentirnos felices de tener esta oportunidad.

Entonces, Eglantina lo comprendió todo. Y a partir de ese año esperó con ansiedad el día de nochebuena para visitar a sus amiguitos del orfanato y sazonar con caricias y risas sus tristes realidades.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de navidad.

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