Los fantasmas


La noche era muy espesa y Clotilde no sabía cuánto tiempo más resistiría. Su padre caminaba a paso apresurado, escapando de los fantasmas que susurraban palabras inconexas en la oscuridad recién abandonada.

Clotilde iba en silencio, sabía que a su padre le molestaba que le hablaran mientras caminaba. Cuando era pequeña pensaba que era porque le gustaba estar atento por si surgía cualquier peligro; ahora sabía que su padre le temía a las palabras más que a los fantasmas.

Los días eran idénticos entre sí. En breve llegarían a casa, comerían algo que hubiera quedado de la tarde anterior y se irían a dormir; para levantarse nuevamente al día siguiente, ir hacia el bosque a cortar leña, andando ese mismo camino, también a oscuras, y regresar como ahora lo hacían.

Clotilde estaba cansada de esa rutina, pero se alegraba de que su madre hubiera muerto; cuando imaginaba que antes su padre hacía ese camino solo, sin nadie que le cubriera las espaldas, un miedo atroz se apoderaba de ella, como si en el fondo sus huesos fueran de otro.

Cuando al día siguiente caminaban rumbo al bosque, Clotilde presentía que algo no iba bien: su
padre se había levantado sumamente alegre y no paraba de contarle cosas interesantes y de reír. El camino al bosque no fue silencioso; la oscuridad los abrazaba pero la cercanía del amanecer calmaba los nervios de la joven.

Cuando llegaron se pusieron a trabajar. Su padre sacó la motosierra y ella comenzó a juntar los trozos de árbol que él rebanaba, y los iba apilando en una gran montaña. Al mediodía pararon para almorzar; llegó el enorme camión y recogió la leña. Comieron en silencio, descansaron un poco y volvieron al trabajo: a la devastadora rutina de cortar y recoger. ¿Cuánto tiempo llevaba su padre haciendo aquello? ¿No le aburría tanta quietud? No tuvo tiempo de responderse; ahora su padre cantaba: ¡estaba tan raro! La joven canturreó con él.

Nuevamente se puso el sol y volvieron a casa: el mismo camino denso y oscuro de cada día. Su padre seguía hablando mucho, hasta que se calló súbitamente. Llegaron a casa. Ella se fue a dormir, estaba más cansada que de costumbre: su padre desapareció en la oscuridad.

Cuando Clotilde despertó era cerca del mediodía. ¡Nos hemos dormido! Corrió hacia el dormitorio de su padre, pero estaba vacío. El frío de la casa le dio hambre. No había nada que llevar a la boca, más que una corteza de pan duro y un dulce ya bastante seco. Lo engulló sin pensarlo y se quedó esperando. Cuando el sol volvió a caer, salió de la casa, y estuvo buscando a su padre durante horas. Y volvió a quedarse dormida.

Eso era lo último que persistía en su memoria sobre lo acontecido aquella noche fatal. Después, nuevamente la oscuridad espesa y ella corriendo detrás de su padre, pero ya los fantasmas lo habían atrapado para siempre. Ahora sabía por qué su padre le temía a las palabras, qué veía cuando se pasaba horas en constante silencio. Ahora sabía que los últimos recuerdos que tienes de alguien son los que te acompañan para siempre.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos realistas.

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