Los regalos de navidad


A Sebastián no había época del año que le gustara más que la navidad. Como sus padres trabajaban muchísimo se pasaba los días muy solo. Pero durante estas fechas las cosas eran diferentes: su madre se mostraba especialmente cariñosa, y el día siguiente a la noche buena, su padre lo despertaba bien temprano y armaban juntos un enorme muñeco de nieve en el jardín. ¡Eran los días más felices del año!

Durante las semanas previas a la navidad su mayor entretenimiento consistía en hurgar por toda la casa en busca de los regalos, que su madre escondía rigurosamente. Revisaba todos los muebles de la casa y, una vez que descubría el escondite y sus ojos se encontraban con el paquete que ponía con una letra clara “Para el pequeño Sebastián”, suspiraba aliviado y volvía a sus cosas. No lo abría, porque pensaba que así se perdería la sorpresa; pero se quedaba sumamente satisfecho. Mi madre me quiere, se decía.

Pero un año por mucho que buscó y rebuscó no encontró ni rastros del regalo navideño. Durante las últimas semanas sus padres no solían pasar mucho tiempo en casa: a su padre hacía dos meses que no le veía y su madre estaba sumamente rara. Ya no le hablaba con ternura ni se acercaba cada noche cuando él se hallaba acostado, para acariciarle el cabello y desearle las buenas noches, mientras él se hacía el dormido.

Una mañana en la que la ansiedad le resultó insoportable, se levantó bien temprano y espetó a su madre antes de que se fuera al trabajo.

—¿Ya sabes qué vas a regalarme para navidad?

—Eso no se pregunta, Sebas— le respondió ella haciéndose la ofendida.

—Pero es que necesito saber que me quieres…

— Hijo, claro que te quiero. Y no voy a quererte más o menos por comprarte regalos. ¡Ay, hijo, a veces tienes cada cosa!

Sebastián se ofuscó. Su madre nunca sabía explicarse correctamente y daba por terminadas sus conversaciones con frases como “cómo se te ocurre pensar eso” o “a veces se te ocurre cada cosa”. Ese día, una vez más, ella se marchó dándole un beso, y dejándole esa sensación de abandono y vacío que parecía insuperable. Aunque en parte se tranquilizaba pensando que sí habría regalo.

Cuando llegó el día de navidad, efectivamente, el árbol estaba rebosante de regalos, muchos más que los que había recibido nunca. Su madre se había vestido más guapa que de costumbre y la casa se llenó de gente que cantaba y conversaba animosamente. Estaban todos. Todos menos su padre.

Cuando esa noche Sebastián se metió en la cama, se sintió muy solo. Y cuando a la mañana siguiente su padre no vino a buscarle como cada año, la verdad le acuchilló las entrañas: los regalos no servían para nada porque no le habían traído de vuelta a su padre; porque las cosas que realmente importan no pueden comprarse con dinero.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de navidad.

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