Pablito es el abismo


Pablito tenía los ojos más negros que Paula había visto jamás. Cuando él la miraba, su corazón se precipitaba sobre un abismo nulo del que no era capaz de salir ilesa, por eso intentaba no acercarse a él; no hasta que no supiera hacer algo que la rescatara de esa desesperación.

Al principio ella no le hablaba porque le daban tanto miedo sus ojos que prefería quedarse sola con tal de que esa luz negra no se le acercara. Pero un día todo cambió. Cuando estaba recluida en el patio del colegio observando a un grupo de niñas jugando y riendo y a otro grupo repartiéndose unos figurines, Paula notó que Pablito también estaba solo, y su tristeza le pesó tanto que se acercó a él. No lo miró, simplemente se acercó y agrandó sus oídos e intentó percibir el aroma que despedía su cuerpo. Se sintió tan extasiada que comprendió que ya no podría abandonarlo.

‘¿Para qué necesito los ojos si puedo quererlo sin ellos?’ se preguntó un día. No era una idea, la decisión ya estaba tomada. Y, como todo lo que elegimos tiene consecuencias en la vida, así le ocurrió a Paula. Lentamente su visión se fue deteriorando, en la misma medida en que su olfato y su audición adquirían nuevas dimensiones, incomprensibles para los videntes.

Ahora, cada vez que intentaba a tientas entender si Pablito había llegado a la casa que compartían, elevaba el rostro y absorbía el ambiente con precisión. A veces también lo llamaba, haciendo añicos el silencio de la enorme casa. Y entonces, la abrazaba ese abismo de sus ojos negros, que aunque ella no veía podía percibir con exactitud milimétrica. Y Paula sonreía mientras se dejaba impregnar de ese precipicio rutilante sin el cual sus días habrían sido insípidos y aburridos.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos para pensar.

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