Pinocho, un muñeco de verdad


Estaba muy oscuro. Por suerte había encontrado ese hueco cuando ya estaban a punto de cogerle. Escuchaba a sus compañeros del circo que le llamaban a viva voz e intentaba respirar sin hacer ruido, para que no le encontraran.

Pinocho estaba cansado de toda esa historia, quería irse y empezar de nuevo. Nadie podía obligarle a hacer algo, no era un muñeco. Cuando las voces se apagaron, como si fueran las luces de un bar que ya no recibe más clientes, Pinocho salió de su escondite.

Temeroso, comenzó a andar mientras intentaba ver más allá de su enorme nariz. Hacía mucho frío, la nieve que ya había empezado a caer sobre la ciudad iba congelando sus pies lentamente. Tenía que hacer mucha fuerza para no desear ser un muñeco nuevamente: el hada madrina le había dicho que cuando quisiera volver a su esencia anterior, bastaría con que lo deseara. Llamó a muchas puertas con el deseo de encontrar una casa donde le permitieran resguardarse del frío pero todas las puertas permanecieron insensibles a su angustia.

No sabía dónde estaba, pero supo que tenía que andar porque si se detenía, el frío le haría colapsar. Siguió caminando y caminando durante horas, hasta que no pudo más y se dejó caer junto a un portal. La nieve tapó la calle varios centímetros, ya no veía sus pies. «¡Ojalá fuera de madera, entonces no me dolería el cuerpo!» pensó Pinocho.

Era una puntita roja que se asomaba a través del montículo de nieve, resaltando como un diamante en medio de un conjunto de piedras opacas. Sofía estuvo observando aquel extraño objeto con atención; después se acercó a él y se agachó para observarlo con más precisión. Finalmente, metió su mano bajo la nieve y comenzó a escarbar. Del hueco en la nieve surgió una figura de madera que tenía unas ojitos negros duros y apagados. Sofía lo aferró contra su pecho y lo metió en su mochila. Volvió a mirarlo al regresar a casa: ahí seguía, rígido y articulado, el pequeño Pinocho. La niña le contempló con ternura y le dijo: «Ahora ya no tienes que tener miedo, yo te cuidaré».

Comenzó una historia de amor como la de la mejor historia. Pero Pinocho sabía que eso podía terminarse de un momento a otro.

Un día vino a visitarle el hada madrina y le dijo que había llegado la hora de regresar. Le dijo que si quería volver a ser un niño tenía que ir con ella hacia el taller de su padre y vivir junto a él para siempre. Entonces, Pinocho le dijo que NO, que él quería ser un muñeco porque ser un niño de verdad no tenía ninguna gracia si no habías nacido para ello. «Después de todo, un niño sin un muñeco no es un niño de verdad, y Sofía necesita a su Pinocho», le dijo. Pese a las insistencias del hada madrina, Pinocho se mantuvo inflexible. Y se quedó a vivir junto a Sofía para siempre, acompañándola y cuidándola como ningún otro muñeco habría sabido hacerlo.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de Pinocho.

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