Polipo y Antón


En el patio la luz se había apoderado de cada rincón y Polipo se encontraba disfrutando de la quietud de la siesta. Cuando el gato se escurrió por debajo del alambrado, nadie pudo verlo. Y cuando Polipo con los ojos enormísimos comprendió la situación, era demasiado tarde.

El amarillo e inmenso gato lo tenía atrapado en su boca y huía del gallinero, esquivando los picotazos de las decenas de gallinas que vinieron a ayudar a Polipo. La vida se terminaba, el pequeño pollo lo sabía, y pensó —si en aquellas situaciones cabe el término— que era mejor morir para alimentar a un hermoso gato que convertirse en picadillo que iría a parar a alguna de las millones de latas del supermercado. Y se sintió especial porque Antón, el bicho rubio, lo hubiera escogido entre los cientos de pollitos que habitaban el gallinero.

Abrió los ojos. El sol había desaparecido. ¿Así se veía el estómago del felino? La respiración mansa del gato y dos ojos verdes brillantes que apuntaban a su cabecita, lo sacaron de sus cavilaciones. ¡Estoy vivo!, pensó. Efectivamente, el gato le dijo que no quería comérselo, sino que intentaba salvarlo.

—Esta tarde oí decir a los humanos que estabas muy lindo, creo que dijeron “rico”, y supe que había llegado tu hora. Cada vez que pasa esto actúo, porque no me gusta que los humanos os traten así.

—Pero, ¿y qué vas a hacer conmigo ahora?

—Te llevaré a un lugar seguro.

¿Puede haber algún tipo de conexión entre gato y lugar seguro? pensó Polipo; pero comprendió que no tenía alternativa. Así que se abandonó en brazos de la suerte o del gato.

Esa noche Antón volvió a coger a Polipo con su enorme bocaza y emprendieron un viaje juntos. El pollito supo que aquello ciertamente no era ir en primera clase pero no podía hacer nada por zafarse. El gato caminaba e iba zarandeando al débil Polipo torpemente y cuando éste ya pensaba que definitivamente era el fin, se sintió en tierra firme. Miró a su alrededor; ante él se erguía un inmenso espacio verde y sin alambradas donde decenas de gallinas picoteaban el suelo, cacareaban y reían.

Antón se estaba marchando sin despedirse siquiera y entonces Polipo corrió hasta él y le dijo:

—Antón, ¿por qué no te quedas? Podemos ser amigos, ¡Nunca tuve un amigo!

El gato se sintió profundamente conmovido y mientras le sonreía con la mirada límpida le dijo cómplice:

—No puedo quedarme, los humanos van a descubrirnos; pero si quieres vendré cada tarde a verte.

Desde ese día, cada noche al caer el sol Antón iba en busca de Polipo y se pasaban un buen rato jugando. Una tarde seguí los pasos de Antón y descubrí la verdad que aquí les cuento: cuando los humanos duermen los gatos se escabullen y salvan vidas, atravesando sin temor los supuestos límites impuestos por la naturaleza.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de animales.

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