Rata de laboratorio


La noche estaba en silencio. A esa hora el peligro desaparecía y le daba a Rulo algo de paz para poder dormir acurrucadito contra uno de los barrotes de su celda. ¡Era el momento! Si no desaparecía en ese instante, Rulo sabía que posiblemente nunca lo conseguiría. Sus horas estaban contadas. Había visto cómo el resto de sus hermanos habían sido sacados de la jaula con violencia y puestos sobre una enorme mesa llena de artilugios raros; a algunos les habían inyectado extrañas sustancias, a otros les habían abierto en canal y, sin oír sus chillidos, los habían tenido así durante horas.

Cerca de los humanos nunca estaré a salvo, pensó Rulo. Trepó hacia el ángulo de la jaula que hábilmente había ido limando con el paso de los días y saltó hacia afuera. El suelo estaba frío y olía a esos productos que siempre andaban utilizando los humanos. En un perchero había una larga cola de delantales blancos con etiquetas, y sobre una estantería, una pequeña ventanita le invitaba a esfumarse de esa horrorosa pesadilla; dando pequeños saltitos Rulo consiguió subir hasta ahí y salir a la calle.

Todo estaba oscuro, casi se arrepentía de haber dejado la celda en la que no tenía que tomar decisiones. Comenzó caminando lentamente, como si cada paso le pesará una tonelada; al cabo de una hora su andar se había tornado confiado y seguro y Rulo se preguntaba cómo no había conocido otras ratas deseosas de salir de ese antro.

Había huecos por todas partes, podía pasar la noche en cualquiera de ellos; sin embargo, le parecía estúpido echarse a dormir mientras podía conocer a fondo lo que era una ciudad. El nuevo día lo sorprendió acostado en un montículo de hojas en una plaza. Podía oír todo lo que ocurría a su alrededor.

Un grupo de personas se apiñaba con carteles y daban voces contra la experimentación animal. Supo que hablaban de él. Supo que se referían a sus hermanos muertos y se sintió a salvo. Su madre le había dicho que la confianza era una virtud sin caducidad, entonces lo comprendió de verdad. Pero cuando estaba disfrutando de ese instante y un arcoíris se dibujaba ante sus ojos, algo pasó; alguien chilló… ¡era él! Lo elevaron por los aires con violencia y fue depositado en un cuarto oscurísimo y que olía muy mal. Por mucho que Rulo gritó y pataleó nadie podía oírlo.

Cerró los ojos y se dio por vencido, sabiendo que volvería al laboratorio y que su cuenta regresiva comenzaba a ponerse nuevamente en marcha. Abrió los ojos del alma, todo estaba en silencio; se dispuso entonces a mirar hacia afuera: un pequeño ratón de un color extraño lo estaba mirando. En cosa de un instante, una gran familia de ratones se le había acercado y le daba la bienvenida. Le contaron que había tenido la suerte de ir a parar a uno de los mejores basurales de la ciudad. Rulo sonrió y se sintió finalmente en casa.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de animales.

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