Sólo animales


El Marquitos —no es que sea chico pero como es tan cariñoso todos lo llamamos así— es el maestro de la escuela: el único porque somos pocos para aprender. Él dice que los animales son iguales a nosotros y que no tenemos derecho a hacerles daño. Desde que dijo eso me cuesta comer; miro el bistec que me prepara mi hermana Verónica y me repugna, hace que me sienta mal conmigo misma.

Marquitos va caminando a la escuela, aunque no vive muy cerca. No tiene coche y dice que andar es bueno. Por lo visto tarda como una hora en hacer el trayecto y y nunca faltó al colegio, salvo la semana esa que llovió tanto; tampoco va a ser un santo el pobre tipo.

Un día mi padre le ofreció un caballo para hacer más rápido el trayecto y él respondió “Nooo, él no tiene la culpa de mis elecciones”. “Pero es sólo un caballo, están aquí para ayudarnos a hacer mejor nuestras tareas”. Yo estaba presente, la mirada que le lanzó el Marquitos fue fulminante, había un brillo puntiagudo en ella. “Ellos son sólo caballos; nosotros, sólo humanos” le respondió.

Siempre respeté a mi padre, porque creía que él también me respetaba. Pero cuando le pregunté por qué no hacíamos otra cosa para ganarnos la vida se enfureció y me dijo que si tanto me gustaban las ideas del Marquitos que me fuera con él, a ver si podía mantenerme con su sueldo roñoso. Yo no intentaba hacerlo enfadar, pero ¿por qué siempre tenía que ser tan distante, por qué no era capaz de explicarme..? Cuando no aguanté más me fui de casa y el Marquitos me acogió como si fuera su hija.

Íbamos juntos a la escuela y él parecía tener todo el tiempo para mí, me enseñaba muchísimas cosas y me preguntaba qué pensaba. No estaba acostumbrada a expresar lo que pensaba, pero de a poco aprendí. Una noche mientras cenábamos tranquilamente alguien llamó a la puerta; yo sabía quién era, su vozarrón era inconfundible. Apostada detrás de la puerta no llegaba a entender lo que decían: estuvieron un rato gritándose. Cuando Marquitos entró en la casa era otra persona. “Va a ser mejor que te vayas con él”. “No, no quiero irme. Quiero quedarme con vos”. Me dijo que no podía ser, que lo sentía muchísimo. Y agregó: “Tienes una mente compasiva, lo mejor que puedes hacer para no perder eso es irte de este lugar; no sabemos lo que esta gente es capaz de hacer por amoldarte a sus principios”.

Y volví a la casa. A los pocos días el Marquitos se fue. No me olvidé de lo que me dijo antes de irse, y una tarde también abandoné la casa para siempre. Ahora vivo en un santuario de animales; son sólo animales y yo soy apenas humana, pero todos importamos.

Escrito por Tes Nehuén en Cuentos de animales.

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